sábado, 6 de diciembre de 2014


Cuando somos conscientes de que lo hemos roto todo, quizás duele el doble. Será por el sentimiento de culpa, por la impotencia de no poder arreglarlo. De no querer arreglarlo. Normalmente nos oponemos a ciertas situaciones, desafíando al destino. Tal vez nos cueste demasiado aceptar que algunas cosas han de ser tal y como son. Aunque realmente, siempre somos los responsables de que así sean. Somos el propio destino, ese al que al final siempre acabamos echando las culpas. Lo más grave quizás llegue cuando sabemos que está todo estropeado, que lo que antes era paz ya se ha convertido en algo insano, pero decidimos no mover un dedo para cambiarlo. Preferimos vivir con la indifierncia, asumiendo que es la situación que ahora nos toca, da igual si mejor o peor que la que antes había. Claro que habrá ocasiones en las que merezca la pena luchar por cambiarlas, por volver a ellas. Pero cuando sientes que ciertos aspectos de tu vida han dado un giro brusco y te da igual que ahora sea distinta, entonces es que te has dado cuenta de que fue bonito mientras duró, pero que ahora ya no dura, porque tú no quieres. Quizás has visto que tampoco era tan bonito como parecía en el instante en el que lo hicimos mágico y que si estás bien ahora sin ello, no hace falta volver a llamarlo a gritos. Están en nuestras manos muchas más cosas de las que pensamos. Aún tenemos el control, hasta que decidamos dejar de tenerlo.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Volvamos.

¿Quién no ha pensado miles de veces en volver a ese sitio?
¿Y quién ha decidido no volver por mera cobardía?
Al final, si de verdad lo deseamos, acabamos volviendo, tarde, pronto, o justo a tiempo. Y qué bonito suena el justo a tiempo.
Qué satisfactorio ese segundo exacto. Y qué complicado alcanzarlo. ¿Acaso no parecemos estar siempre en el lugar perfecto (incluso quizás con la persona perfecta) pero en el momento equivocado, o viceversa? Realmente prefiero pensar que ningún momento es equivocado si podemos a sacar algo en conclusión de ello. Si todo este tiempo me niego a definirlo como equivocado, entonces es que puedo (o quiero) sacar algo en conclusión de él.
Y la conclusión es que ha sido una auténtica pérdida de tiempo no equivocado. Llamémoslo así. Contradictorio, como querer manejar el minutero a nuestro antojo. Pero al fin y al cabo somos eso. Tiempo y contradicción.

No necesitamos un año entero
 para cambiar ciertas cosas,
a veces con 361 días es suficiente.